domingo, 4 de enero de 2015

Valparaiso

    Fotografía: Alberto Rojas

Llegué a Valparaíso en Metro desde Viña del Mar, que dicho sea de paso, es la mejor forma de llegar: te subes al Metro en Viña y emerges en Valpo desde la oscuridad del subterráneo. Una maravilla esa transición.

Esta crónica va de lo mucho que me gustó Valpo –como le dicen también a esta ciudad multicolor– anfiteatro natural con vista al mar desde todos y cada uno de sus 42 cerros. Cifra poco precisa en cantidad más sí en calidad por su topografía de vértigo, encantadora y multisápida


Valparaiso remonta su historia antes de la llegada de los españoles, cuando era un puerto habitado por nativos que vivían de la pesca y la recolección. A través de los siglos fue azotada por conquistadores, piratas, guerras, incendios y terremotos. Todos cruentos. Se fraguó renaciendo varias veces sobre sus escombros hasta convertirse en lo que es hoy, la tercera ciudad más poblada de Chile; después de Santiago y Concepción.

La tercera ciudad de Chile con una impronta de primera. Única. Gracias a su colorido y a que está formada por tres zonas: el mar, el plan y los cerros. Valparaíso además, supo ser pionera en fundar el Cuerpo de bomberos; la primera compañía de seguros a nivel nacional; el primer telégrafo y el primer diario español.

Valparaíso era un puerto de importancia capital a finales del siglo XVIII y hasta comienzos del XIX, cuando fue destronada tras la construcción del Canal de Panamá. 

De aquella época de oro es testigo su centro –llamado el Plan– donde imponentes edificios neoclásicos son sede de bancos, instituciones y comercios.

Los cerros escarpados dan posada a sus habitantes y en algunas zonas, mezclan con armonía viviendas, cafés, galerías de arte, hoteles boutiques, hostales juveniles y talleres de artistas y escritores. Cuando caminas por esas calles empinadas o cuando subes decenas de escaleras te sientes acogido por su escala amable, como de pueblito, pero no te confundas, Valpo es sede del Congreso Nacional, de la Comandancia en Jefe de la Armada de Chile, del Consejo de la Cultura y las Artes, la Subsecretaría de Pesca, los servicios de Aduanas, Pesca y Acuicultura. Su terminal portuario es uno de los principales del Pacífico Sur, cuenta con 4 universidades y tiene una intensa vida cultural y turística. 



Sin duda su distintivo es la policromía de fachadas y muros, adonde han ido a parar grafiteros y artistas visuales del mundo entero. Especialmente después de la “Expo Graffiti Porteño 2010”, actividad que incluyó talleres en el Cerro Concepción; una exposición de reconocidos grafiteros en el Consejo Nacional de la Cultura y las Artes y la ejecución del mural más alto de Chile. 

Todo esto fue motorizado por Inti Castro. Grafitero porteño que ganó fama internacional a raíz de un trabajo similar en Noruega. Desde entonces, esta actividad no para. Sobre sus paredes se despliegan historias y personajes pero sobre todo, se siente la sensibilidad expresada en cada detalle, con pintas de tipografías sugerentes y una paleta de colores vivos que te acompaña durante todo el trayecto.  

En la época de la ebullición portuaria las angostas vías de acceso no eran aptas para transporte público, entonces desde 1883 para ascender a los cerros se construyeron cerca de 30 ascensores, de los cuales están activos 16 y hay varios en proceso de recuperación. Algunos de ellos son patrimonio de la humanidad.

Fue súper grata la experiencia de subir en la cabina de madera y vidrio del ascensor Reina Victoria; ver cómo opera su maquinaria original y caminar de allí a una de las terrazas donde el calor nos reclamaba una cerveza helada, pero opté por una “vaina”.

Una vaina en Venezuela es cualquier cosa. En Chile es un trago más dulzón que refrescante pero su historia nos recuerda a Andrés Bello; venezolano y hombre de letras de reconocida trascendencia en el país austral. 

La anécdota es más o menos así: Don Andrés acudía con frecuencia a un bar donde le servían una bebida que le gustaba, más no sabía su nombre… Una vez la pidió como: “dame una vaina de esas” y así se quedó. Si te gustan los licores dulces te encantará. Lleva Vino añejo, cognac, licor de cacao, azúcar impalpable y una yema de huevo. La coronan con canela en polvo.



Al comienzo de esta crónica les decía que la mejor forma de llegar a Valparaíso es en Metro. La experiencia de emerger de las profundas oscuridades donde –normalmente– serpentean los trenes subterráneos y, de pronto, sea el curso del mar quien guíe al tren, sea el azul y no el negro quien pinte las ventanas es deliciosa; sin embargo, la próxima vez me gustaría llegar por mar y ver desde allí sus cerros coloreados.

Para subir al cielo no se necesitan escaleras. En Valpo hay ascensores. 








  

Con esta crónica agradezco también al Chamo Rojas su agradable guía. .

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